Posteado por: JJMercado | noviembre 9, 2008

UN PASEO POR EL ROCK, CON SABINO MÉNDEZ

john-wayne-dvd1Ahora que de casi todo hace ya veinte años”, cantaba Gil de Biedma. Yo no sé si de casi todo hace ya tanto tiempo. Si así fuera me molestaría bastante porque casi nada de ese casi todo pudiera haber vivido yo. Y, sin embargo, y aún no cambiando mi tiempo por ningún otro, he de reconocer que, echando la vista a no demasiado atrás, ciertamente hay muchas cosas que han terminado en una degeneración total, en una suerte de cenizas tristonas, de restos de naufragio que son las que me han tocado a mi vivir, con las que mi generación y yo tenemos que conformarnos. Quizá las que merecemos

No creo, con Manrique, aquello de que “cualquiera tiempo pasado fue mejor”. Al menos en lo que a los grandes asuntos, ya digo, se refiere. Sinceramente pienso que nadie como nosotros ha disfrutado de tanto bienestar, de tanta comodidad, de tanto tiempo libre para uno mismo. Tenemos más que cubiertas las tres comidas diarias, viajamos en cuestión de horas a cualquier rincón del mundo, gozamos de vacaciones pagadas y, además, podemos ir al cine todos los días del año. Aún así, no deja uno de sospechar que quizá no hayamos sabido exprimir bien el limón de esta holgada comodidad.

Es probable que una cosa implique la otra, que la falta de incentivos se deba a la carencia de cierta desgracia “colectiva”. David Gistau, por boca de uno de los personajes de su última novela, habla un poco de todo esto cuando el tipo en cuestión reclama para sí los tercios de Flandes, la conquista de América, algo que se le presente como misión, como épica vital a la que dedicar su fuerza. Nuestros abuelos tuvieron su guerra civil, nuestros padres el franquismo, nosotros la Play Station.

Decía Borges que la épica ya sólo podía ser salvada por el cine –era fanático de John Ford-. En nuestro caso, ni siquiera eso. Nuestro cine no tiene conquistas del Oeste que contarnos, no tiene casablancas a las que retirarse del fuego enemigo. La máxima emoción a la que podemos aspirar se reduce a matar marcianos en una pantalla. Y quizá esa sea la causa de nuestra desapetencia. Que somos la primera generación que se encuentra vacía de contenido, sin misión que cumplir en el mundo más que vivir lo más placenteramente posible. Ojalá nos sigan muchas, naturalmente, pero nos ha tocado pagar el no saber qué hacer, el encontrarnos evolutivamente descabalgados, sin tener claro hacia dónde tirar. Y, por supuesto, sin tener nada que contar artísticamente hablando (más allá del puro avance tecnológico, de lo que a mi parecer salen francamente beneficiadas las artes más puramente físicas tal que la arquitectura), con una pintura y una escultura y una escritura vacías, con un cine soso, con un teatro minoritario, con una moda obsesionada con la extravagancia, con un todo repetitivo, carente de novedad y envuelto en una espiral insulsa, en un disparo a ciegas. Y, por supuesto, que es a lo que venía uno a hablar hoy, con un nivel musical nulo.

20080525223829-20051126elpepiesp-11No sé de música. No sé nada de música. Todo mi acercamiento a ella se reduce a lo que de literario me pueda ofrecer. (Es curioso porque cuando me acerco a la literatura, que es mucho más a menudo, me pasa que busco precisamente lo que pueda tener de musical: el estilo no es más que música al fin y al cabo). Y lo más literario es, claro, las letras. Como además mi nivel de inglés me exige demasiado esfuerzo para captar el mensaje de los grupos extranjeros –aún entendiéndolos soy incapaz de percibir los hallazgos del lenguaje- y soy de los que siguen preguntándose a son de qué forma la pereza parte de los pecados capitales, termino mayormente examinando con atención a los músicos españoles. Y me encuentro, claro, con un panorama desolador. Un pasito palante María, un pasito patrás, y cosas de ese estilo en su inmensísima mayoría. Una muestra más de lo que decía más arriba. La canción como testigo de lo poco que nos pasa. Cuatro frases mal construidas a modo de estribillo repetido hasta la náusea. A eso se reduce hoy el género canción.

Es ciertamente cabreante poner las radios de grandes éxitos. Y más cabreante aún saber que hace no mucho la canción en español tuvo una carga literaria apabullante. Cuando digo carga literaria no digo poesía. (Es importante no confundir ambos géneros). Y esto es así gracias a grandes de la canción como Violeta Parra, como León y Quiroga, como José Alfredo Jiménez, como Santos Discépolo, como Joaquín Sabina, como Serrat, o como un tipo llamado Sabino Méndez, escritor del libro que quería yo comentar aquí someramente, como cada domingo, y que me ha provocado extenderme en todo este rollo que estoy soltando, casi a modo de terapia.

Sabino Méndez nació en Cataluña, se asomó al mundo con la movida ochentera, despertó a base de unos cuernos de mujer, no sabía más que mascar chicle, meter mano, no ganar dinero y sin embargo gastarlo todo, le gustaba el rock, tocaba la guitarra, se metió en un grupo, el grupo terminó llamándose Loquillo y los trogloditas, compuso algunas de las mejores canciones (Cadillac solitario, R´n´r Star, En las calles de Madrid, El ritmo del garaje…), conoció el éxito total, se enganchó demasiado a las drogas, llevaba de gira enormes maletones llenos de libros de Stendhal, de Orwell, de Nabokov, cuando no pudo ni soportar el peso de la guitarra decidió dejar el grupo, se licenció en Filología, escribió, quedó terminantemente asqueado de su tierra natal cuando a un tal Jiménez Losantos le pegaron un tiro y ningún progre se atrevió a decir nada, escribió, le descubrieron una hepatitis, escribió, pasó un horrible tratamiento que no le sirvió de nada, escribió, terminó curándose de repente, escribió, no imaginó nunca llegar vivo a estas alturas,  fue uno de los fundadores de Ciudadanos de Cataluña, y escribió, y escribió, y escribió hasta que le salieron libros como Hotel tierra, dietario a modo de álbum fotográfico de todas estas cosas que le pasaron en el suspiro que va de 1980 a 2006. Un acta de vida a base de instantáneas directas, de reflexiones profundas, de ansias y de anhelos y de sueños rotos, y de frenos a destiempo y aceleradores prematuros. Toda una vida, vaya, que merecía ser contada tan bien como lo ha hecho en este libro su propio protagonista. Sabino Méndez, gran escritor.

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Responses

  1. Gran Post!

  2. […] Y SABINO CON LOSANTOS Precisamente no hace muchos días que hablé de ellos al hilo del último libro de Sabino Mendez. Amos, Loquillo y Sabino, Sabino y Loquillo, fueron […]


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